lunes, 9 de marzo de 2009

Siempre estarás conmigo



Sabes que nunca quise empezar a escribir estas líneas porque no estaba preparado para pensar que ya no ibas a estar más conmigo. Porque no me hacía la idea de entrar a tu cuarto y encontrarlo vacío como está ahora. Para creer que cuando me levantara no iba a ver tus incesantes ‘ranas’ para después boxear un poquito en un juego muy particular entre los dos. No importa, si me despertaba un poco más tarde te veía siempre a la cabeza de la mesa para comandar el desayuno, que como me enseñaste en las últimas semanas que estuviste conmigo es importantísimo para estar bien durante el día.

A veces no me daba mucho tiempo antes de ir a trabajar pero nos veíamos en la noche. Te abrazaba y te sonreía para darte fuerzas. Esas fuerzas que se estaban yendo poco a poco. Sé que ya no querías salir en la silla de ruedas para que nadie viera que estás mal. Eres fuerte y odiarías que te vieran débiles. Te cargué abuelo. Sé que no te gustaba, pero ya no te podías levantar tan fácil. Te repetía que todo estaba en la cabeza, que pusieras un poco más de tu parte para así poder ir a almorzar al círculo. Para admirarte un tanto más con cada historia que me contabas, con cada anécdota de la familia. Pero ya estás descansando. Ya no te agitas por esa maldita enfermedad a los pulmones que te tumbó a la cama. Ya no te quejas, ya no toses, aunque no sabes cuantas ganas tengo de que lo hagas para estar contigo de nuevo. Para ponerte el oxígeno. Para que me aprietes fuerte la mano (como siempre lo hiciste), para que me felicites por mi último artículo aunque sepas que no está tan bien escrito. Porque eras mi hincha más acérrimo y sé que desde el cielo seguirás leyéndome.

Me dejaste muchas cosas, ¿sabes? El carro siempre lo usaré. La tarjeta de propiedad está a tu nombre y nunca lo cambiaré. Así quedará. No importa que todos los otros carros pasen corriendo a mi lado o que el hillman a veces me haga renegar por algún desperfecto. Lo arreglaré con acuciosidad. Es tu ‘tanque’, comandante. Te llevé varias veces, ¿te acuerdas? Ibas a mi lado, por eso siempre serás mi copiloto y me guiarás por una ruta segura.

Sabes que no me puedo concentrar bien en el trabajo. Que no estoy tranquilo, que te extraño mucho. Discúlpame por no haber podido despedirme con palabras. Por no saber que lo último que te escucharía con tu particular tono de voz es que te gustó mi comentario del partido de la ‘U’ con el Áncash. Ganamos, yo sé. Celebraste porque viste el partido. Me leíste un par de días después y me miraste con tus ojos celestes para contarme. Siempre estuviste orgulloso de mí, y trataste de corregirme cuando cometía un error. Cuando tenía 13 años, fuiste el primero que me habló de condones. Je! Tú eres el que sabía más, pues. Ese día me cuadraste por haber estado en mi cuarto con mi primera enamorada. No te preocupes, todavía no pasaba nada. Pero gracias por los consejos.

Me decías que estudie siempre cuando me escabullía en tu cuarto. Me bañaste desde el día que nací. Cuando era un escuálido (aunque ahora tenga solo unos cuantos kilos más). Me escribías cartas desde Cajamarca preguntándome como estaba, contándome como te iba y el cariño que me tenías. Siempre decías que yo era el ítalo-huanca (por la mezcla entre mi nombre italiano y las raíces huancaínas de mi papá), y lo seguiré siendo para ti. Angelo, angelito o angelorum. Y tú (con el respeto de los demás), mi abuelo preferido. En el 97 fuimos a Cajamarca para verte. Mi mamá no quería que fuera, que me quedara con ella en Trujillo pero yo quería ver al Papa Alfonso. Lo quería ver siempre. Estuvimos en el cuarto del rescate, en las ventanillas de Otuzco (donde dejé un ‘regalito’) y sabías más que los guías. Los dejabas en ridículo. Con razón terminas el imposible crucigrama del Comercio. El 2006 me hiciste conocer tu casa en San Marcos. Es increíble, lo sé. Tus ovejas, tus gallinitas. Después nos metimos un tonazo por el cumpleaños de tu hermano donde te metiste un ‘dancing’ tan bravo que todas las flacas te querían sacar a bailar. Bromeaste con un señor que ya estaba dormido (je!) y comimos como un Zevallos (osea una bestialidad).

Siempre querías hablar conmigo cuando llamabas a la casa, hablar sobre la ‘U’ (creo que eres el culpable de que sea hincha), mi análisis del partido a pesar de que tú sabías más que yo. O salir a rústica con mi ahijado para que te ‘jilees’ a Mónica y la invites a Cajamarca. Todo un ídolo. Con el corazoncito y la flechita en la boleta de pago. Las flacas te perseguían. Eres un pillín, pues. Por eso los nietos somos así. Para tus 87, bailaste un tango impresionante con la amiga de mi madrina y después un poco de reggaetón, como para estar a la moda.

Me enseñaste que lo primero es la familia y después viene lo demás. Mi mamá te extraña también. Era tu engreída. Por eso, cuando faltaba poco para que nos dejes, la llamabas. “Mechita…Mechita”. Mi hermano te habló esa noche y creo que lo hizo por los dos. Yo estaba seguro que saldrías. “”Sabes que te queremos llevar a la casa. Si tienes fuerzas, nos vamos. Pero si ya estás cansado…mejor descansa”. Y le dijiste ya para después apretarle la mano fuerte. Cuando Fátima te dijo que iban a salir le dijiste que no con la cabeza y soltaste algunas lágrimas de hombre.

Me dicen que te despediste de todos. David cuenta que pasaste por su cuarto a eso de las 4 de la mañana. A mi me despertaste muy temprano. Eran casi las 7 y media de la mañana y dando vueltas en la cama escuchaba hablar sobre cementerios (conversación que en la noche sería desmentida por mi mamá y al parecer creada por mi imaginación). Seguía entrecerrando los ojos pero no podía conciliar el sueño. Abuelo, ¿por qué el apuro de despedirte si nadie quería que te vayas? Mucho menos yo. Llamaron a mi casa y esperaba que fuera una de esas estúpidas llamadas mañaneras donde preguntaban por Alas Peruanas pero cuando escuché a mi mamá estallar en llanto me di cuenta que no era para eso. Salté de la cama y corrí a abrazar a la gorda. Ya nos habías dejado. Aunque sea corporalmente. La tarde anterior te vi de lejos nomás. No me dejaron acercarme en cuidados intensivos. Estabas tranquilo, respirabas con el oxígeno y te vi descansando. No sabía que era la última vez que te iba a ver con vida. En un rato te iban a pasar a piso e iba a volver para verte de nuevo.

7:52 am. de la mañana siguiente, inhalaste por última vez un poco de oxígeno para ir a acompañar a la Mamange. 25 años después, la pareja estaba junta en el cielo. Sí, sé que extrañas a mi abuela. No la conocí, pero veo a mi mamá y es casi un calco. No quise llorar mucho para que la gorda esté tranquila. Ahora que te escribo, dos días después, no me pidas que no lo haga. Ya no puedo contenerme más.

Fuimos a hacer los papeles y poner un edicto en el periódico. En la noche estuvimos en el velatorio y me di cuenta de toda la gente que te quería. De lo unida que es la familia y del gran recuerdo que guardaban de ti. Sabes que nunca me gustó el café. Que es el trago más amargo que conozco (aunque a ti te encantara el café pasado). Y odiaba la combinación que hacía con las galletas. Nos quedamos hasta muy tarde. Yo estaba ido, tratando de sacar fuerzas de flaqueza. Cuando volvía a casa manejando me quebré.

Me quedé un rato frente a tu féretro. Me estás mirando, yo sé. Ya no me puedes apretar con fuerza la mano y tienes un par de algodones en la nariz. Vamos abuelo, sácatelos. Con la misma fuerza militar que lo hacías cuando te aburría el oxígeno. Tose, por favor para poder alcanzarte papel. Pídeme un vaso de agua para ir corriendo por él. No jodas Papa Alfonso, párate de nuevo y pídeme que te lleve a la casa. Estás elegante, yo sé. Con el mismo uniforme de gala con el que llevaste a mi mamá al altar. Así querías irte pero no lo hagas todavía. Quédate un rato más. Vamos a comer algo rico y volvemos, ¿si? O vamos a la casa de Magdalena para izar la bandera como todos los julios. Hay cosas que no voy a olvidar.

Sí, sé que estás en mi corazón y que guiarás cada paso que voy a dar pero eso no me basta. Por eso habrá otro Alfonso. Mi hijo llevará tu nombre (no sé si el primero o el segundo pero lo hará), te lo prometo. Y estoy seguro que estará orgulloso de llevar el nombre de su bisabuelo. También te prometo que nunca más prenderé un cigarro, a pesar que nunca te vi con uno en la mano. Y los 27 de octubre tomaré dos cervezas (malta polar que te pone como un oso. Así las preferías), una frente a la otra hasta que te la termines conmigo por tu cumpleaños. Y dos días después, en el mío, estaré atento para cuando me llames. Hablaré contigo todo el día si quieres. Y te pondré el himno que tanto te gusta, o te enseñaré de nuevo como utilizar tu cámara fotográfica. Está bien, el dvd también.

Llevé tu quepi y tu espada con orgullo por encargo de mis tíos. Me puse los lentes porque no quería que vieran caer mis lágrimas mientras caminaba a la carroza. Cuando llegamos al cementerio, te cargamos entre los seis nietos varones presentes. Le escondiste el discurso a mi hermano en una de tus jugadas. Yo sé, querías que le saliera simplemente del corazón. Yo también, por eso no lo ayudé a buscarlo sino le alcancé un poco de papel higiénico. En cambio, yo quiero hablar contigo siempre a solas. Que nadie sepa nuestros secretos. Que me aconsejes, que me des fuerzas…que te sientas orgulloso de mí desde el cielo. No te querías ir, yo sé. Por eso cuando poco a poco te bajaban empezaron a caer gotas de lluvia que se asemejaban mucho a las lágrimas que me salen ahora. Y que te salían a ti. Te prometo que si no estás triste, nosotros tampoco lo estaremos. Ahora descansa tranquilo. Aún pienso que a la mañana siguiente te voy a ver pero no importa. Irás conmigo a todos lados en mi corazón. Gracias por todo lo que me enseñaste.

Te quiero, abuelo. No te lo dije muchas veces, pero no era necesario. Tú lo sabías de memoria. Siempre estarás conmigo.