sábado, 20 de febrero de 2010

Qué fácil es...



Qué fácil es pretender que no ya no me extrañas más, que no piensas en mí. Qué fácil es creer que ya no existo dentro de tu órbita tan particular. Qué fácil es decir que todo cambió, que si no hay solución la huelga (en tu corazón) continúa. Es que los trabajadores alrededor del órgano más vital de tu cuerpo siguen llevando diligentemente hielo para arroparlo en el miedo y la frialdad con la que te despediste. Qué fácil es pensar que siempre mandarás en el amor, que tienes el control remoto mágico para ponerle stop y rewind para poder ver lo que hicieron por ti cuando quieras.

Algunos dicen que hay un Dios de la esperanza y si esa es una religión, me declaro abiertamente ateo. Porque me quitaste toda la ilusión, y esa llama que alumbraba nuestras velas está a punto de desvanecerse. Aunque, para ser sinceros, qué fácil es ilusionarse. Qué fácil es pensar que todo es perfecto, que la otra persona no tiene defectos, vivir en una burbuja que se reventará en cualquier momento por la fragilidad del contenido y por fin se verá que no es un cuento de hadas lo que estás viviendo (aunque en algún momento lo pareció). La magia está en aprender a convivir con esos detalles que te hacen humano, un ser que se equivocará permanentemente pero que hará hasta lo imposible (como yo) para arreglar sus cagadas.

Qué fácil es intentar olvidar cuando atrás tienes títeres que aplaudirán cada cosa que hagas, cuando tienes llena la bandeja de entrada del celular con mensajes de personas de las que ni siquiera puedes recordar su nombre y apellido por más de diez segundos pero el simple hecho de tenerlos te hace sentir un poquito más importante. Qué fácil es ignorar todas las cartas mías que aún tienes y que revisas de cuando en cuando. Pero también debe ser difícil. No imposible pero sí difícil.

Por lo menos no te la puse tan fácil. En el castillo, un rebaño ejecuta una sílaba única cada vez que te ven entrar a tu dormitorio. Cuando tienes que revisar los periódicos, siempre escondes el mío para no tener que ver mi rostro ni mis escritos. Esos que alguna vez fueron exclusivamente para ti. Mientras la música suena al ritmo de un DJ desconocido (por lo menos para la mayoría) es imposible que no tengas un ‘flashback’ donde nos veas bailando sin cesar (según tu top 5, nuestras salidas están inscritas por lo menos en tres), creando pasos, riendo de felicidad ante la mirada de cientos de extraños.

Por eso, un CD recordatorio sigue al lado del equipo de música. Sin funda, listo para empezar a sonar. Porque no creo que en un par de meses te hayas podido olvidar de mí ni de las letras de las canciones, de todo lo que pasamos, de todo lo que vivimos juntos. Quizás nunca alcanzará para ser un best seller, pero robaste mi inspiración al ser la princesa de mi cuento preferido y eso a mí me basta. Es como haber ganado el premio mayor. No necesito trofeo ni mención honrosa.

Porque a veces solo faltas tú, pero no te pienso llamar. Porque mi orgullo puede más (y el tuyo también). Es que a pesar que a veces me muero por saber de ti, no pido información, prefiero que llegue a mis oídos de manera casual. Porque a veces la indiferencia duele más que un millón de palabras.

Qué fácil es decir que ya no te importa nada cuando sabes que no es verdad. Qué fácil es ocultar lo que uno siente con caretas que van rotando todos los días en silencio, ese espectro tétrico que te acompaña cada vez que te vas a dormir. Qué fácil es mantener la mente ocupada de trabajo para no pensar, para no extrañar. Qué fácil es mentir, pero yo no lo haré. Te quiero y nunca dejé de hacerlo. Aún te pienso, aún te extraño, aunque últimamente haya sido a escondidas y en la oscuridad.