
Yo no soy practicante de ese deporte que se llama lanzamiento de uno mismo. Donde se despojan de los sentimientos (a veces falsos o trucados) tan fácil como las vedettes se sacan la ropa. No creo tener las cualidades tampoco. Las ganas y el desparpajo, menos. Me sorprende cuando veo a alguien que suelto de huesos le dice a la acompañante de turno: “Flax, me gustas mucho. Desde la primera vez que te vi”, intenta besarla y rebota peor que pelota de yases. Dos minutos después se hace el cojudo, la baraja e inventa cualquier excusa para salir a la atropellada. Él es deportista calificado del lanzamiento de uno mismo. Tiene su sello. Y así hay varios, hasta selección nacional. Aparte de ser un faltoso. ¿Flax?
No creo que los sentimientos sean tan volubles como para cambiar en cuestión de días pero algunos hacen lo que sea con tal de ‘pescar’ algo. Yo no. Esta fue la primera vez que le confesaba a alguien que me gustaba…sabiendo que ella no sentía lo mismo que yo. Iba a quedarme callado y con la típica risita nerviosa. Pensaba que era lo mejor no dar a conocer lo que en realidad sentía cuando la veía. Esa ligera emoción cuando venía a saludarme o la sonrisa que se escapaba cuando me era inevitable hablar sobre ella. Cuando supe que ella me veía como un amigo más intenté disfrazar mis sentimientos con mentiras. “Bah, fue una simple ilusión. Un gustito que no hace daño. Ya pasará”, pensaba en voz alta queriendo convencerme. Patrañas. Me sentía una porquería y traté de no darle vueltas al tema.
Empecé el proceso de negación de mala manera. Hice cosas que ahora me arrepiento, ‘jugué’ con personas y sentimientos que no debía por sentirme mejor. Para poder decir con el pecho inflado“Tssss, ella se lo pierde”. Egoísmo le dicen. Otros lo conocen como despecho. Dale la definición que quieras, el punto es que lo hice y no me siento orgulloso al respecto. Me metí en laberintos de los que aún no puedo salir por completo y que no me dejan tranquilo. Fui un patán, un pendejo, un perro, un frívolo. Estaba cegado, no quería aceptar que no era solo un gustito. A pesar de todas las veces que escuche “No le gustas” de una de mis mejores amigas, estaba terquísimo. No quería aceptarlo. Necesitaba escucharlo de ella misma a pesar que sabía que no me estaban mintiendo. Era el acusado que necesitaba saber su sentencia a cadena perpetua para ir a la cárcel del olvido. Quería experimentarlo yo y de paso sacarme ese sentimiento atragantado de cariño. Necesitaba decirle mirándola a los ojos: “Me gustas”. Así fuera tirarse a la piscina sin agua.
La esperé cerca de la iglesia y aunque se demoró un poco la ola de nervios ya estaba superada. Fuimos a comer helados. Ella pidió un banana split pero solo terminó el split. La banana no fue de su agrado a pesar de ser una de las tres únicas frutas que come. “Con helado no va”. Jaa!, Me hizo sonreír. En cambio, yo si me había empujado mis nueve bolas de helado con un hambre voraz propia de un Tiranosaurio Rex. Hablamos de los trabajos, nos pastruleamos jodido con una imagen en 3D que me hizo recordar los años donde no existían preocupaciones (y detalles como que mi vieja me terminara calentando el helado en la olla), casi y me empuja para saludar a un compañero de colegio y hubo una llamada intrusa que se vio interrumpida por la falta de batería de mi celular. Fuimos a comprar una botella de agua Cristalina (la San Luis es pésima) y empezamos la caminata 5K. Casi una maratón, lo malo es que nadie nos auspiciaba. Adidas, Nike, Zapatillas Nazaro, los extrañamos.
Sin rumbo definido, seguimos con la amena conversación. Me contó a su manera quien le gustaba, lo que había pasado con esa persona y las dudas que aún tenía. Mientras hablaba no sentía puñaladas en el corazón ni una pizca de tristeza. Extraño para ser sincero pero mi aura amical prevaleció y opiné con descaro. Fui objetivo creo yo. A pesar que conozco al pata y que me parecía una perrada lo que le había hecho intenté maquillarlo con cyzone. “Te mereces mucho más”, me daban ganas de decirle pero apretaba el puño y me callaba. Víctima de la trampa del plan ‘tanteo’, se dio cuenta un poco tarde de que las frases en doble sentido tenían un fin.
Estábamos en el malecón rodeados de parejas de enamorados repitiendo besos innumerables mientras nosotros aplaudíamos como focas amaestradas. “Para eso no vinimos al malecón,no?”, me preguntaba entre risas. Me confesó su última historia amorosa con final pugilístico (le pegó al que hasta ese momento era su enamorado y a la buena ‘amiga’ con la que le sacó la vuelta) y vi uno de los motivos principales por los que tenía miedo de empezar algo de nuevo. La marca del ‘zorro’ había sido demasiado honda. Aún no había cicatrizado del todo. Mientras yo le repetía que el afortunado que se sacara la tinka con ella no cabría en sí mismo de la felicidad, movía sus rulos al compás del viento.
Ya bordeábamos el cuarto kilómetro y me di cuenta que estaba evadiendo el motivo de salida. Es más, ella misma lo reclamaba. “Oye, cuéntame de la chica pues”, decía tratando de ocultar que ya lo sabía. “Bah, ni siquiera me da la hora. Le pregunto cuál es el color del caballo blanco de San Martín y no me responde”, ironizaba mientras ella se reía nerviosamente. Empecé a relatar mi discurso casi preparado y los decibeles de mi voz subían y bajaban por los nervios. Ya estaba cerca. Casi en la puerta del estadio Niño Bonilla me comporté como el nombre del estadio. Como un niño. Había llegado al clímax. Era el momento. Dejé a rienda suelta a mis sentimientos y con la voz entrecortada le dije: “A pesar que sé que no le gusto, quiero decírselo porque no quiero quedarme con el sentimiento atragantado”. La cogí del brazo, la miré a los ojos y le dije “me gustas”. El pudor se apoderó de mí y me volteé sin pensarlo pero me abrazó y calmó mi sentimiento de culpa. Me sentía estúpido, arrochado y un poco arrepentido pero sus manos fueron como si mi mamá me abrazara y me dijera “Ya hijito, ya la cagaste. Que vas a hacer?”. Caminamos unos metros y me dijo que le parecía ‘lindísimo’ pero que me veía solo como un amigo. Lindísimo es un adjetivo muy usado con los perros, gatos o animales. Me sentí parte de la fauna viendo como la gacela corría a una velocidad distinta a la mía.
No me sobraban motivos para que me guste. Es linda, atractiva y una gran persona pero siempre la tuve relativamente cerca y nunca me había llamado la atención, hasta que entre una conversación microfónica me di cuenta de nuestra afinidad. Con el paso de los días sus rulos y su sonrisa se repetían como ‘flashback’ en mi cabeza y mientras más negaba que me gustaba, más lo hacía. Solo me quedaba repetir el D’oh! que hace Homero Simpson cuando algo le sale mal. Menos la quería recordar, más lo hacía. D’oh! doble. Homero de mierda.
Nos sentamos en una banquita miraflorina mirando las estrellas y el mar que por la hora se veía negro. Mientras meditaba si había hecho lo correcto o era lo más estúpido de mi vida gracias a mi sinceridad extrema, descansábamos de la maratón concluida. Vejigas jodidas apuraron el viaje de regreso y viajamos por todo Lima para llegar a su casa. Le di un beso en el cachete y un abrazo en la despedida y subí a mi sexy station wagon verde para sufrir el interminable regreso a casa. Derrotado, sin armas. Parecía volver de un velorio donde me habían velado a mí. Mientras las calles pasaban sin mucho sentido y cruzaba el puente que une la ciudad, la distancia entre los dos se hacía cada vez más grande. El puente se alargaba interminablemente y del alivio pasé a la angustia en menos de dos segundos. La pregunta de si habré hecho lo correcto retumbaba en mi cabeza como un potente aneurisma y aún lo hace. Y la verdad es que no lo sé. Solo el sabio tiempo me responderá esa pregunta.
Me gané la irresoluta admiración de algunas personas por mi sinceridad mientras otras me colgaban la medalla de oro por el colmo a la estupidez. “Campeonaste primito. En serio. Ha sido lo peor que has hecho”. Gracias por tanto cariño, pero dentro de mí yo alzaba la mirada porque por lo menos ya no me quedaba ni una pizca de duda. Me hubiera gustado ser la primera persona en regalarle una rosa (y saber que sentiría), de hacerle un cd con música que le guste pero todas los probables ya están enterrados. Yo no soy su príncipe de ningún color ni ella quiso aceptar el rol protagónico de mi película. Tengo sentimientos encontrados. Quizás hice mal pero ahora ya lo sé de su boca. Lo malo es que quizás la incomodad se desborde y la amistad que había nacido entre los dos se marchite. Espero que no. En serio que no.