Es sábado por la noche y aunque últimamente me he vuelto hogareño las ganas de salir se apoderaron de toda mi anatomía y empecé a bailar con música mental que estaba a todo volumen. La llamada de dos amigos que perturbaron mi tranquilidad y me metieron el ‘bichito’ de dos chelitas fueron los culpables de mi escape. “Oe Angelo, vas a venir o no? Vamos a estar en Miraflores. Son dos chelas nada más”. Pero dos ‘chelitas’ no son solo dos. Eso es floro. Un vil dicho. Dos son cuatro. Y cuatro y dos son seis. Y así corren las cervezas hasta que pierdes la cuenta. Y yo que no quiero.
No me cambié mucho ni me arreglé (me ganó la flojera) y fui con un polo un poco faltoso para salir a ‘cazar’ (tenía una pose kamasutriana caletamente escondida en una letra del abecedario). Llegué al bar y mientras veía como el par de idiotas jugaban golpeado, a mi me daban ganas de golpearlos. Empezaron a correr las cervezas, los insólitos planes de conquista y un juego que tuvo como resultado final que todos estuviéramos bien ‘mamados’.
En zig-zag enrumbamos a una discoteca donde habían más turistas que peruanos (claro que los locales eran ‘bricheros’, incluyéndome). Entre el humo y las altísimas ondas sonoras empecé a hablar con Sarah, una inglesa que tranquilamente podía ser confundida con una actriz famosa o una modelo. Ella era la razón de mi sonrisa estupidizada y mis ‘pilas’ que fueron descargándose poco a poco con el transcurrir de los minutos cuando reaccioné, recordé que los chanchos no vuelan y que aunque sea un beso de la ‘barbie’ de carne y hueso era un albur que solo ocurriría en mis sueños.
Con moral baja pero con el vaso lleno de cerveza gritábamos como quinceañeras alocadas, canciones ochentenas hasta que ocurrió lo impensado. A mi lado había una chica, de cabello ondeados y con unos ojos caramelo preciosos. Ni la había visto para ser sincero hasta que a uno de mis acompañantes de turno la susodicha le hizo una pregunta que nos sacó de ‘cuadro’. “¿Algunos de ustedes sabe bailar salsa?”. Nos miramos los tres, la miramos a ella y (para variar) me vendieron descaradamente. “Yo no mucho la verdad, pero él sí (señalándome con el dedo del delito)”, dijo uno de ellos que al instante tuvo el apoyo incondicional del otro. “Sí en realidad, él es el que más sabe”. Me habían vendido como un gran partido mientras yo me preguntaba cuando me había convertido en un neófito de la salsa cubana y las vueltas incesantes.
Ella me miró a los ojos como diciendo ¿vamos?, pero en mi cabeza aparecieron como película de terror con fotogramas instantáneas incluido los laberintos sentimentales en los que me había metido. Uno a uno. Capítulo por capítulo en un cerrar de ojos. Me ruboricé ante la atención mostrada y me hice literalmente el cojudo al decir atragantándome con la cerveza que “en realidad no bailo muy bien. Mejor baila con el chico que estaba babeando a tu lado”. No estoy para bailar en la charanga habanera pero me defiendo. De hecho, si no bailara bien, no importa. Hubiera hecho el intento de seguir sus coordinados pasos con tal de que siguiera mirándome a los ojos pero no lo hice. Suficiente de laberintos. Tampoco estoy diciendo que se derretía por mí (ni que fuera cieguita), solo habíamos cruzado miradas y un par de palabras pero preferí dejarlo todo ahí aunque después me arrepintiera (y hice en algún momento). Basta de problemas.
Mi intento de alejarla funcionó y mi miedo de hacerle daño a alguien de nuevo desapareció con el humo del cigarrillo. Un rato después la música paró por el bendito plan ‘zanahoria’ y tuve que enrumbar a un destino distinto al de la chica de los ojos caramelo. No sé si hubiera pasado algo (no trasciende tampoco), quizás hubiera sido un par de bailes sin ‘clic’ de por medio pero igual preferí evitarlo. Podrido de sentirme mal conmigo mismo cuando me reclaman detalles, cosas, preguntas incómodas, respuestas sin coherencia y actos sin voluntad, decidí sacarme un tiempo del mercado amoroso. A pesar que sé que no soy una pérdida invalorable que se hará extrañar siento que es lo mejor para la sociedad y para mí. No quiero hacerle daño a nadie por lo que de ahora en adelante no sé bailar salsa ni axé ni perreo chacalonero. No jodan, basta de laberintos. Primero déjenme salir de los estoy metido y después bailo hasta negroide.
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