
Año nuevo, vida nueva dicta el dicho y yo no quería refutarlo. El año era casi virgen, tenía solo dos horas de iniciado y yo ya quería hacer las cosas diferentes. Los 365 días anteriores habían sido buenos en lo profesional. Empecé a trabajar en un importante periódico donde hasta ahora no me queda más que agradecer por todo lo aprendido. Estuve bien de salud (como el programa de Pérez Alvela) casi siempre pero faltó algo que me parece básico.
Que afecta tu estado de ánimo y las ganas de querer hacer las cosas. Que a veces funciona de motor y muchas veces de inspiración (por lo menos para mí si). La mayor parte del año estuve solo por decisión propia y alejé a muchas chicas extraordinarias que merecían un chico con mucho menos conflictos que yo para que me dejen con a solas con mi soledad. Sentí que era un año sabático para el amor y que era mejor concentrarme en otras cosas. Pero en las últimas horas del año que se fue recordé amistades que encontré el 2008 y chicas por las que en algún momento me llegue a ilusionar pero con las que nunca tuve las agallas para decirles lo que en realidad sentía.
Necesitaba botar esos miedos estúpidos y dejar de silenciarme. Estaba en el malecón de Punta Hermosa (que en algún momento de la madrugada pensé que así sería Sodoma y Gomorra por todo el alcohol y lujuria que había) mareado por la mezcla de whisky, cerveza y vodka y dando tumbos le pedí el nextel a un amigo. Quería llamarla. No solo para desearle que le vaya excelente este año sino también para decirle que conocerla fue una de las mejores cosas que me pasó en el año. La niña (así le digo) me contestó después de un par de alertas fallidas. “Niña, feliz año!”, gritaba como loco mientras caminaba con Paulo entre las pedregosas calles camino a la carretera.
Después de su idéntica y ensordecedora respuesta y saber su exacta ubicación a través de mi GPS virtual (mentira. Le pregunté en que parte del mundo estaba.je!) le dije que valoraba mucho su amistad y que fue una de las mejores cosas del año que se había ido. Ella se sorprendió con mis palabras. “Sabes que estás hablando conmigo,no?”, me dijo para responderle que todo era un cruel efecto del alcohol, por ello la sinceridad extrema le repetía. Nos despedimos radialmente y seguí mi rumbo con el whisky bajo el brazo pero aún tenía algo atragantado.
Dos palabras que son dificilísimas que salgan de mi boca clamaban por ser dichas. Le arrebaté el nextel nuevamente a mi amigo y la llamé. No se escuchaba nada. Ya había entrado a la discoteca y había una bulla infernal. Solo escuchaba en segundo plano música electrónica hasta que se alejó un poco y nos pudimos comunicar. No le dije ni hola ni nada. “Te quiero mucho”, gritaba altísimo para que me puede escuchar. Era la primera vez que se lo decía y mientras pensaba en mi borrachera que mejor hubiera sido decírselo mirándola a los ojos escuche el ‘pri pri’ del nextel. “Yo también”, gritaba la niña. Una sonrisa se dibujó sin permiso y la noche tomó un poco más de brillo.
Mejor que comerme doce uvas, ponerme lentejas en los bolsillos para tener dinero o salir corriendo con una maleta, decidí empezar el año en la playa, con arena hasta los codos, pero de la mejor forma: siendo sincero. Un te quiero inesperado que no pidió permiso para salir y aunque ella estaba a kilómetros de distancia, en algún momento la sentí a mi lado.

