lunes, 5 de enero de 2009

Un te quiero inesperado


Año nuevo, vida nueva dicta el dicho y yo no quería refutarlo. El año era casi virgen, tenía solo dos horas de iniciado y yo ya quería hacer las cosas diferentes. Los 365 días anteriores habían sido buenos en lo profesional. Empecé a trabajar en un importante periódico donde hasta ahora no me queda más que agradecer por todo lo aprendido. Estuve bien de salud (como el programa de Pérez Alvela) casi siempre pero faltó algo que me parece básico.

Que afecta tu estado de ánimo y las ganas de querer hacer las cosas. Que a veces funciona de motor y muchas veces de inspiración (por lo menos para mí si). La mayor parte del año estuve solo por decisión propia y alejé a muchas chicas extraordinarias que merecían un chico con mucho menos conflictos que yo para que me dejen con a solas con mi soledad. Sentí que era un año sabático para el amor y que era mejor concentrarme en otras cosas. Pero en las últimas horas del año que se fue recordé amistades que encontré el 2008 y chicas por las que en algún momento me llegue a ilusionar pero con las que nunca tuve las agallas para decirles lo que en realidad sentía.

Necesitaba botar esos miedos estúpidos y dejar de silenciarme. Estaba en el malecón de Punta Hermosa (que en algún momento de la madrugada pensé que así sería Sodoma y Gomorra por todo el alcohol y lujuria que había) mareado por la mezcla de whisky, cerveza y vodka y dando tumbos le pedí el nextel a un amigo. Quería llamarla. No solo para desearle que le vaya excelente este año sino también para decirle que conocerla fue una de las mejores cosas que me pasó en el año. La niña (así le digo) me contestó después de un par de alertas fallidas. “Niña, feliz año!”, gritaba como loco mientras caminaba con Paulo entre las pedregosas calles camino a la carretera.

Después de su idéntica y ensordecedora respuesta y saber su exacta ubicación a través de mi GPS virtual (mentira. Le pregunté en que parte del mundo estaba.je!) le dije que valoraba mucho su amistad y que fue una de las mejores cosas del año que se había ido. Ella se sorprendió con mis palabras. “Sabes que estás hablando conmigo,no?”, me dijo para responderle que todo era un cruel efecto del alcohol, por ello la sinceridad extrema le repetía. Nos despedimos radialmente y seguí mi rumbo con el whisky bajo el brazo pero aún tenía algo atragantado.

Dos palabras que son dificilísimas que salgan de mi boca clamaban por ser dichas. Le arrebaté el nextel nuevamente a mi amigo y la llamé. No se escuchaba nada. Ya había entrado a la discoteca y había una bulla infernal. Solo escuchaba en segundo plano música electrónica hasta que se alejó un poco y nos pudimos comunicar. No le dije ni hola ni nada. “Te quiero mucho”, gritaba altísimo para que me puede escuchar. Era la primera vez que se lo decía y mientras pensaba en mi borrachera que mejor hubiera sido decírselo mirándola a los ojos escuche el ‘pri pri’ del nextel. “Yo también”, gritaba la niña. Una sonrisa se dibujó sin permiso y la noche tomó un poco más de brillo.

Mejor que comerme doce uvas, ponerme lentejas en los bolsillos para tener dinero o salir corriendo con una maleta, decidí empezar el año en la playa, con arena hasta los codos, pero de la mejor forma: siendo sincero. Un te quiero inesperado que no pidió permiso para salir y aunque ella estaba a kilómetros de distancia, en algún momento la sentí a mi lado.

domingo, 4 de enero de 2009

Dudas que matan


En una relación pasa de todo. Cosas buenas, increíbles, malas y horribles que juntas hacen un surtido que muchas veces suele terminar con un sabor amargo y que termina haciéndole daño a uno mismo. La relación perfecta no existe. El cuento de hadas es solo un escrito fantasioso. La calabaza nunca se convertirá en una imponente carroza por arte de magia ni por recoger un mugriento zapato signifique que la olvidadiza llegue a ser el amor de tu vida y tú el príncipe azul.

Algunas veces veo parejas que cuando uno ve de lejos parecen muy felices. Donde siempre hay sonrisas y nunca peleas. Que se hablan amorosamente y pareciera que estuvieran en una burbuja donde solo existen los dos. Extasiados por el amor hasta los tuétanos. Lindo, sí, pero no creíble. Solo veo eso en las fingidísimas novelas mexicanas. Esa careta acaba cuando las acuciosas miradas de un tercero dejan de posarse sobre ellos y la realidad golpea como un fuerte martillazo. Algo así como cuando dejan de grabar en una escena de amor. Los actores se pueden odiar pero frente a la cámara tiene que fingir, actuar. Y eso también lo hacen las personas. Luego, cuando en la grabación de la vida real gritan CORTE! las palabras cariñosas dejan de existir, las sonrisas se cambian por el ceño fruncido y las peleas se dan con tal frecuencia que uno no sabe cuando están bien y cuando están peleados. Ya hasta parece lo mismo.

En algún momento uno es feliz. Eso no lo dudo. Hasta demasiado a veces diría yo pero nada dura para siempre. Los problemas empiezan, y eso normal. Lo importante es saber como enfrentarlos. Como parar una simple bolita de nieve antes que se convierta en una avalancha que se llevara todo a su paso. La falta de confianza empieza como una bolita de nieve. Te llaman todo el día. Bah, eso es normal dirán. Luego te piden el celular para revisar las últimas llamadas. No importa, no tengo nada que ocultarle. La bolita de nieve va cogiendo fuerza. Después te piden la clave de tu Messenger. Ya empiezas a pensar que hay algo mal. Y lo peor, es que desconfíen tanto que te pidan que hables en altavoz por nextel con una amiga (que en verdad es amiga) que está borracha en la playa y que te dice: escuchas el mar? o veo muchas estrellas. Ahí, en ese preciso instante, la avalancha se llevó tu relación.

Claro que esa paranoia no es gratis. Algo debió hacer para que desconfíe. Quizás besó a otra persona, quizás a ella le llegan rumores o de repente leyó una conversación ‘hot’ de su novio con alguna niña libidinosa. No importa cual fuera el motivo, el punto es que ella ya no confía en él y esas son dudas que matan y que pueden asesinar una relación. Uno de los buques insignia de toda relación ya se perdió. Así haya cariño, amor sin confianza todo se va a la mierda. Y yo lo sé, porque (hace mucho) le saqué la vuelta a mi enamorada. No me sentí orgulloso ni inflé el pecho por ser pendejo como muchos, más bien me embargó un sentimiento de culpa y vergüenza por lo que hice, tanto así que le pedí que por favor terminara conmigo después de contarla tal estupidez realizada.



Ella en un acto descabellado, jalado de los pelos y un poquito irreal, me perdonó. Dentro de su insanidad yo pensé que seguir era una oportunidad de rectificar lo que hice y tener esa segunda oportunidad que tanto quería. Me pareció el acto más sincero y una de las mejores cosas que hicieron por mí hasta que la cruda realidad chocó conmigo. Era una trampa, una vil patraña. Su perdón fue más falso que billete de cinco soles. Lo único que quería (y por lo que ella clamaba) era venganza. Probablemente se la cobró y yo me lo merecía. Me engatusó y yo caí. Me enamoré de ella para que al final me bote como trapo usado. Seis meses después me contó la verdad. “Yo te perdoné de verdad pero no podía olvidar lo que hiciste así que decidí cobrármela. Quería que vivieras todo lo mal que me sentí. Yo ya no confiaba en ti”.

Por eso, un consejo para los ilusos que piensan que las segundas oportunidades existen. Si la cagaste, no traten de arreglarla ni crean que tendrán otra chance para hacer las cosas bien. Las mujeres perdonan, pero no olvidan. Siempre te echarán en cara lo que hiciste. Siempre. Mi ex quiso volver conmigo (y vi la sinceridad en sus ojos) pero seguramente nunca iba a confiar de nuevo por lo que creí mejor dejar las cosas así. Que me odie y que yo a lo lejos la siga teniendo presente. Esa vez safé cuerpo antes que la avalancha me tumbara de nuevo.