sábado, 21 de febrero de 2009

Me gustaría...


Me gusta cuando me llamas. Cuando puedo oír tu voz aunque estés un poco ronca. También cuando la alzas porque no escucho o hablas bajito porque estás en el trabajo y tus palabras parecen salir con ternura. Me gusta la forma en que pronuncias mi nombre, cuando ríes y cambias la verdad. Cuando te arreglas el pelo y sonríes sin cesar. Me gusta que te sepas las letras de las canciones que te dediqué aquella noche tan especial. Me gusta que te brillen los ojos cuando tu mirada está postrada en mí y mis escuálidos 70 kilogramos que parecen no pesar.

Disfruto el lipstick sabor a fresa que te pones de tanto en tanto. Y me dejas (un poco más) estúpido y boquiabierto cuando te veo con tu encajado bikini rosado (aunque mejor te veas sin él). Me gustan tus curvas y la sombra que se dibuja cuando estás frente al mar. No me importa que te miren porque sé que tus besos están hechos solo para mí. Que nuestros labios tiene un pacto inmortal imposible de quebrar. Me gusta el perfume que embriaga mi olfato cada vez que estoy contigo. Me gustan tus rulos imperfectos y tu forma de peinar. Me encanta cuando dices que soy tu chico ideal a pesar que conoces a la perfección cada uno de mis defectos.

Duermo con los peluches que me regalaste aunque digan que soy medio homosexual. En las noches, antes de que se cierren mis ojos, agradezco que un ángel al que le robaron las alas haya tenido un aterrizaje forzoso a mi lado y yo lo haya tenido que amortiguar. Me gusta que te cojas de mi mano buscando seguridad. Y que te acurruques en mi pecho cuando sientas que te estás a punto de resfriar. Me gusta extrañarte porque así, día a día, siento que te quiero un poco más. Y que la aceleración de mi corazón no es puro verso sino una gran verdad.

Adoro que sepas lo que me gusta y lo que me cae mal. Que me abraces y no me quieras soltar más. Me gusta tu perfeccionismo a la hora de cocinar y la forma tan linda que tienes de renegar. Me gustaría que sepas bailar para así no tener que practicar (aunque igual tiendas a contagiar). Pero sabes ¿qué es lo que más me gustaría? Que no existieras solo en mi imaginación y fueras mi sueño hecho realidad.

miércoles, 4 de febrero de 2009

No es tan fácil

La persona es una animal de necesidad. Necesidades que cambian constantemente con el correr del tiempo, de los intereses y de accidentes de la vida que te marcan. Terminar una relación de largo tiempo es como sentir que has salido de una larga operación quirúrgica donde te extrajeron una parte del corazón y la herida aún está abierta. Tomará tiempo que llegue a sanar pero lo hará. Con tiempo y con paciencia. Por el momento es normal que no quieras saber nada del sexo opuesto. Por lo menos no en un sentido serio. Ir al cine, salir a comer, quizás hasta agarrar o que pase algo más que son cosas que pasan cuando están en ‘saliditas’. Total, no es nada oficial. No hay quien te controle. No hay persona a la cual darle explicaciones. Eres libre como el viento y el rumbo lo decides tú. Pero sabes que no es así. Que intentas esconder esa tristeza que llevas dentro después del ‘break up’.

Los primeros días son simplemente una mierda. La herida está al rojo vivo, lees sus mensajes antiguos (incluso te los sabes de memoria), escuchan canciones que te hacen recodarla (o), ves las fotos que se tomaron juntos, los peluches que aún guardas y las cartas amorosas que escribía cuando todo era color de rosa. A veces hasta los sentidos te juegan una mala pasada. Sientes el olor de su perfume y por ratos parece que escucharas la dulce voz cuando te llamaba. El fantasma aún no desaparece. Está ahí. Atrás, persiguiéndote. Esperando que lo superes, que lo borres por completo. Esperando que en algún tiempo te animes a encontrar a alguien de nuevo que no sea una simple ‘salidita’. Que sea especial.

Pero vamos, no nos engañemos. Cuando terminas, lo último que esperas es tener una nueva relación. “Ni cagando. Voy a estar solo un par de años”, me repetía un filósofo amigo que vive cerca a mi casa. Y le doy toda la razón. Después de tanta carga sentimental, de tantos recuerdos que serán eternos, de tantos te quiero que escuchaste y de tanta frase melosa uno se hastía. Se cansa y no quiere escucharlo más. Por eso el ‘viving la vida loca’ se vuelve rutinario y entiendo decisiones que antes parecían jalada de los pelos. Estaba en el carro con un pata y escuchaba atentamente como hacía planes con una chica para ir al cine.

“Si. Vamos en la noche y después fácil a tomar algo”, decía él en su tono gilerazo.

“Ya. Bravazo. Y después me vienes a dejar a mi casa,no?”, le preguntaba ella con su voz sexy.

Cuando de pronto un señor se apareció de la nada a la ventana del carro con una bolsa negra de dudosa procedencia para interrumpir la conversación. Le ofreció dos parlantes Pioneer que le darían más bulla al auto y mi amigo (que estaba como loco por conseguirlos) se emocionó, no lo dudo ni un segundo y le dio casi todo lo que tenía de efectivo (que era para salir con la chica de la voz sexy más tarde). Al verlo todo campante con los dos parlantazos en las manos era obvio que ya no saldría con ella. “Bro, unos parlantes me van a sonar por un buen tiempo. En cambio la flaca no. La ‘bulla’ es una buena inversión. Además, no jode como ella. Jee!”, señaló sabiamente. Ahí entendí que los intereses cambian. Lo que antes era prioridad pasaba a segundo plano. Ahora antes que salir con alguien estaba comprarse unos parlantes, quizás un polo o un jean. Quién sabe. La escala de importancia había cambiado drásticamente y probablemente sea así por un tiempo. Y lo entiendo. Yo también lo hice. Luego de un paso de salidas por todas las discotecas, de embriagarme hasta no recordar que había hecho o con quien terminaba varado en algún ósculo incoherente decidí que lo mejor era darme tiempo para mí mismo y mis gustitos. Como mi amigo.

Me llamaban para salir. “Vamos a ver una pela…o a comer alguito”, me decían de vez en cuando. Y otras: “Oye, vamos a tonear. Hace tiempo no te veo”. Bien por ti, repetía en mi cabeza. Mi lista de prioridades también había cambiado. En lugar de salir al cine prefería estar en el estadio viendo los partidos. En lugar de ver a alguien prefería avanzar las notas que tenía que hacer. Son épocas que demuestran que olvidar no es tan fácil.