domingo, 24 de mayo de 2009

El juego que no quiero perder


El amor –por más estúpido que suene- suele ser un juego. A veces es cruel y te hace llorar, otras es increíblemente beneficioso y hace que sonrías sin parar. Es como entrar a un casino gigante donde el objetivo de todos es llevarse el premio mayor. Algunos entran medios ‘misios’ (como yo) y no les alcanza para tener grandes fichas, mientras otros casi millonarios entran y dejan regadas sus fichas como si fuera un poco de polen para las flores.

Yo prefiero dos juegos: el blackjack y la ruleta. No soy fan de las máquinas porque allí solo rige el azar y por algo los casinos se hacen llamar tragamonedas (en este caso sería traga-amores). En este juego prefiero tener un humano que me dé señales que pueda descifrar o últimas jugadas de las cuales me pueda guiar. En el blackjack puedes contar las cartas para ganar o solo jugar cuando tienes cartas altas y en la ruleta puedes apostar seguro escogiendo un color o la mitad de las fichas. Es jugar sin un alto riesgo y quizás soy igual en el traga-amores.

No me gusta arriesgar, juego las fichas casi siempre a seguro, a pesar que sé que hay un probable margen de error. Suelo irme con lo mismo y a veces con un poco más pero nunca con menos aunque siempre queda la pregunta flotando de qué hubiera pasado si…le hubiera apostado todo al número que pensaba y que ganó en una jugada, si hubiera pedido una carta más y no hubiera arrugado a arriesgar. Lo mismo me pasa en el otro juego. A veces me pregunto qué hubiera pasado si…le decía lo que en verdad sentía o si intentaba darle un beso. Quizás me metía un cachetadón pero ¿quién sabe?...Nunca lo intenté.

Tengo una amiga que siempre me dice que tiene mala suerte en el amor, yo le diría que le eche fichas a otro juego. Que arriesgue un poco más. Siempre el que juega a seguro se queda con lo que tiene, en cambio el que arriesga puede ganar mucho más –hasta podría ser el premio mayor, ese al que todos queremos llegar- o por lo menos tendrá un premio consuelo que no es tan malo: sacarse la duda del que hubiera pasado si…Por eso, a veces es mejor apostar doble cuando el corazón dice que esta es la jugada ganadora.

Pablito no saca el clavito


Alessa es una chica de un carácter particular, no es igual que el resto (es única diría yo). Cariñosa pero a la vez un poco posesiva, celosa hasta decir basta cuando desconfía pero, probablemente, una de las mejores enamoradas cuando no tiene fantasmas que rondan su cabeza ni su corazón. Ella viajó hace no mucho a España para encontrar la paz que no tenía en Lima y de plus encontró respuestas a preguntas que habían quedado inconclusas.

El alejamiento de dos personas suele ser muchas veces la llave de un cuarto escondido de certezas que divagan entre la verdad y la insanidad. Cuando es abierto por primera vez asusta, tanto que lo cierras de golpe para no encontrar armas que –sin ser punzantes- lleguen a herir tu corazón. La segunda vez te da curiosidad y encuentras pruebas que te hacen sacar una balanza imaginaria para pesar lo positivo y negativo que tenía tu relación. Cuando ves que la confianza se esfumó, que el cariño parece haberse convertido en simple formalismo y que las llamadas en vez de ser reconfortantes son preocupantes, tu balanza está echada totalmente para un lado y no para el que esperabas. Es así que prefieren refugiarse en el silencio para encontrar las palabras suficientes para decir una verdad que duele. Que ya no hay más amor, que Cupido les sacó las flechas que alguna vez lanzó y que la confianza es una palabra que suena bien pero que no se cumple en la relación. A veces es mejor decir adiós antes de hacerte más daño. Ser egoísta de vez en cuando no es tan malo.

Alessa volvió a Lima y fue inevitable que viera nuevamente a su ex. La fuerza de voluntad flaqueó y se vieron de vez en cuando hasta que ella empezó a dudar de su decisión. Ya no sabía si estaba bien o mal. Quizás se había apresurado, de repente aún la relación no estaba perdida, pero cuando ya no hay confianza ya no queda nada. Hay recuerdos que nunca se borrarán por más que a muchos les gustaría apretar delete. Es fácil botar peluches, cartas, fotos, polos (yo lo he hecho) pero del disco duro de la memoria humana nunca saldrán aquellos besos que aún saboreas, esos abrazos que todavía sientes y cosas inolvidables que pasaron. Por más que quieras ‘resetear’ la memoria no podrás. Quedarán allí por siempre, pero si el tiempo es tu mejor aliado, poco a poco los recuerdos serán cada vez menos constantes, se disiparán hasta ser muy distantes.

Es mejor salir de una relación en buenos términos antes que se deformen en las peleas interminables. Recordar que se llevaron bien y no los horribles últimos días de full ‘mechas’ estilo ring de box. Muchas veces una tercera persona ingresa sin ser llamado, su papel secundario se va haciendo más protagónico con el correr de los días y las llamadas hasta parecer el escape perfecto para olvidar lo que hasta hace poco pasaste. Quizás él es todo lo que soñaste (y más). Sus amigas te repiten que nunca te hará daño, su familia te quiere y sus hermanos menores te llaman por tu nombre pero ese fantasma llamado ex, ese clavito que sigue en tu corazón como la peor estaca, no te deja avanzar ni lo hará hasta que cierres por completo ese libro. Pablito no puede sacar el clavito, solo tú. Por más que duela, por más que llores, es mejor que tú seas tu propia doctora y hagas la operación. Las heridas del corazón demoran en cicatrizar, pero cuando lo hagan no habrá más dolor ni vacios invisibles que llenar. Las dudas se disiparán y verás como una sonrisa se dibuja sin ser llamada. A veces es mejor saber olvidar.