Aún recuerdo con claridad como te conocí. Era la primera hora del 2 de febrero de este año y yo deambulaba por la discoteca sin rumbo conocido. Bajando un escalón te vi de reojo y aunque dudé un par de segundos en sacarte a bailar seguí el consejo de un sabio filósofo amigo. “Lo peor que te pueden decir es no, brother”. Recuerdo tu jean, tu polito rosado, y tu correa punk, tu cabello a medio lado pero sobretodo tu sonrisa (que aún me sigue gustando).
Empezamos a hablar y nos divertimos tanto que hasta te tuve que enseñar mi dni para que creyeras que me llamo Angelo (te maleaste ah!). Cada uno partió por su lado pero prometimos seguir hablando. Por cosas del destino, apunté mal tu correo y tú también, por lo que al tratar de agregarnos mutuamente nos dimos cuenta que no existíamos en el mundo del ciberespacio. Tu renegabas por tu lado mientras yo lo hacía por el mío. Renegaba porque sentía que las cosas podrían salir bien entre nosotros (en cualquier sentido: amistad, solo juergas o lo que sea) y creo que al final no me equivoqué.
Después de más de seis meses de conocernos, sé que eres alguien especial y diferente. Es más, cada día me sorprendes más (en todo sentido). Nos llevamos muy bien (o por lo menos eso creo yo) y aunque quizás en algún momento quise ser la razón de tus sonrisas más sinceras hoy te ofrezco mi más sincera amistad. Puedes contar conmigo para lo que quieras. Para hacerte reír (como muchas veces) o para ser el hombro cuando quieras llorar. Por eso niña de febrero, no dejes que se derrita el helado.
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