domingo, 19 de julio de 2009

Derecho a la intimidad


No es un post de despedida (pero quizás si de un hasta luego). Me dediqué durante muchos meses a hacer tripas de mi corazón en mi blog. A contar mis amores y desamores, mis experiencias y las de mis amigos en búsqueda de que todos entiendan el significado completo de la palabra amor.

Andaba solo, despreocupado, libre como el viento mientras pasaban uno a uno los meses del calendario (que ahora es tan especial) pero sin llegar a ese puerto llamado felicidad (al que finalmente llegaría a su lado). Hasta que un sentimiento que parecía extraño y olvidado empezó a tocar mi puerta, mi sonrisa empezó a despertar sin temor a apagarse y los suspiros se hicieron cada vez más comunes. Cuando te empieza a gustar alguien, no es por obligación (nunca lo fue). Lo increíble es que uno no decide sobre su corazón. Amor no es aquello que queremos sentir, sino es aquello que sentimos sin querer. Porque nace, porque fluye, porque está presente sin que haya necesidad de llamarlo, porque hace que la extrañes de lunes a domingo o quieras ser su guardián.

Porque aunque sabes que el amor tiene muchos matices, a su lado (cogidos de la mano), todos los miedos desaparecen como por arte de magia (su magia tan particular). Porque aunque suena a locura enamorarme, lo estoy haciendo. Porque ahora siento que tengo superpoderes al saber que nada volverá a ser normal, sino mejor a su lado. Y que cuando no la estoy besando, estoy pensando en cuando podré volver a hacerlo.

Hoy me tocó a mí (y a ella, la princesa de mi cuento preferido), es por eso que he decidido dejar de tocar estos temas por la salud de mi relación. No quiero que todos sepan cada capítulo de nuestra historia porque no será un ´reality´ para que los demás lo vivan a la par, sino una historia muy personal, y para la que tenemos tickets exclusivos solo los dos. Gracias a ella, encontré que mi destino estaba definido, y que este era a su lado.

domingo, 24 de mayo de 2009

El juego que no quiero perder


El amor –por más estúpido que suene- suele ser un juego. A veces es cruel y te hace llorar, otras es increíblemente beneficioso y hace que sonrías sin parar. Es como entrar a un casino gigante donde el objetivo de todos es llevarse el premio mayor. Algunos entran medios ‘misios’ (como yo) y no les alcanza para tener grandes fichas, mientras otros casi millonarios entran y dejan regadas sus fichas como si fuera un poco de polen para las flores.

Yo prefiero dos juegos: el blackjack y la ruleta. No soy fan de las máquinas porque allí solo rige el azar y por algo los casinos se hacen llamar tragamonedas (en este caso sería traga-amores). En este juego prefiero tener un humano que me dé señales que pueda descifrar o últimas jugadas de las cuales me pueda guiar. En el blackjack puedes contar las cartas para ganar o solo jugar cuando tienes cartas altas y en la ruleta puedes apostar seguro escogiendo un color o la mitad de las fichas. Es jugar sin un alto riesgo y quizás soy igual en el traga-amores.

No me gusta arriesgar, juego las fichas casi siempre a seguro, a pesar que sé que hay un probable margen de error. Suelo irme con lo mismo y a veces con un poco más pero nunca con menos aunque siempre queda la pregunta flotando de qué hubiera pasado si…le hubiera apostado todo al número que pensaba y que ganó en una jugada, si hubiera pedido una carta más y no hubiera arrugado a arriesgar. Lo mismo me pasa en el otro juego. A veces me pregunto qué hubiera pasado si…le decía lo que en verdad sentía o si intentaba darle un beso. Quizás me metía un cachetadón pero ¿quién sabe?...Nunca lo intenté.

Tengo una amiga que siempre me dice que tiene mala suerte en el amor, yo le diría que le eche fichas a otro juego. Que arriesgue un poco más. Siempre el que juega a seguro se queda con lo que tiene, en cambio el que arriesga puede ganar mucho más –hasta podría ser el premio mayor, ese al que todos queremos llegar- o por lo menos tendrá un premio consuelo que no es tan malo: sacarse la duda del que hubiera pasado si…Por eso, a veces es mejor apostar doble cuando el corazón dice que esta es la jugada ganadora.

Pablito no saca el clavito


Alessa es una chica de un carácter particular, no es igual que el resto (es única diría yo). Cariñosa pero a la vez un poco posesiva, celosa hasta decir basta cuando desconfía pero, probablemente, una de las mejores enamoradas cuando no tiene fantasmas que rondan su cabeza ni su corazón. Ella viajó hace no mucho a España para encontrar la paz que no tenía en Lima y de plus encontró respuestas a preguntas que habían quedado inconclusas.

El alejamiento de dos personas suele ser muchas veces la llave de un cuarto escondido de certezas que divagan entre la verdad y la insanidad. Cuando es abierto por primera vez asusta, tanto que lo cierras de golpe para no encontrar armas que –sin ser punzantes- lleguen a herir tu corazón. La segunda vez te da curiosidad y encuentras pruebas que te hacen sacar una balanza imaginaria para pesar lo positivo y negativo que tenía tu relación. Cuando ves que la confianza se esfumó, que el cariño parece haberse convertido en simple formalismo y que las llamadas en vez de ser reconfortantes son preocupantes, tu balanza está echada totalmente para un lado y no para el que esperabas. Es así que prefieren refugiarse en el silencio para encontrar las palabras suficientes para decir una verdad que duele. Que ya no hay más amor, que Cupido les sacó las flechas que alguna vez lanzó y que la confianza es una palabra que suena bien pero que no se cumple en la relación. A veces es mejor decir adiós antes de hacerte más daño. Ser egoísta de vez en cuando no es tan malo.

Alessa volvió a Lima y fue inevitable que viera nuevamente a su ex. La fuerza de voluntad flaqueó y se vieron de vez en cuando hasta que ella empezó a dudar de su decisión. Ya no sabía si estaba bien o mal. Quizás se había apresurado, de repente aún la relación no estaba perdida, pero cuando ya no hay confianza ya no queda nada. Hay recuerdos que nunca se borrarán por más que a muchos les gustaría apretar delete. Es fácil botar peluches, cartas, fotos, polos (yo lo he hecho) pero del disco duro de la memoria humana nunca saldrán aquellos besos que aún saboreas, esos abrazos que todavía sientes y cosas inolvidables que pasaron. Por más que quieras ‘resetear’ la memoria no podrás. Quedarán allí por siempre, pero si el tiempo es tu mejor aliado, poco a poco los recuerdos serán cada vez menos constantes, se disiparán hasta ser muy distantes.

Es mejor salir de una relación en buenos términos antes que se deformen en las peleas interminables. Recordar que se llevaron bien y no los horribles últimos días de full ‘mechas’ estilo ring de box. Muchas veces una tercera persona ingresa sin ser llamado, su papel secundario se va haciendo más protagónico con el correr de los días y las llamadas hasta parecer el escape perfecto para olvidar lo que hasta hace poco pasaste. Quizás él es todo lo que soñaste (y más). Sus amigas te repiten que nunca te hará daño, su familia te quiere y sus hermanos menores te llaman por tu nombre pero ese fantasma llamado ex, ese clavito que sigue en tu corazón como la peor estaca, no te deja avanzar ni lo hará hasta que cierres por completo ese libro. Pablito no puede sacar el clavito, solo tú. Por más que duela, por más que llores, es mejor que tú seas tu propia doctora y hagas la operación. Las heridas del corazón demoran en cicatrizar, pero cuando lo hagan no habrá más dolor ni vacios invisibles que llenar. Las dudas se disiparán y verás como una sonrisa se dibuja sin ser llamada. A veces es mejor saber olvidar.

jueves, 16 de abril de 2009

¿Y mi mejor amiga...?



Los hombres tenemos la costumbre –buena o mala, no lo sé- de intentar rodearnos de mujeres lo más que podamos. Para salir, para estudiar, para comer, para dormir. No importa la actividad que sea –exceptuando quizás jugar fútbol y levantar pesas-, las féminas siempre están presentes. Es inevitable. Hay ‘ladies night’ porque suena bien y es la noche de ellas, donde bailan, son libres de ser auténticas ya que saben que nadie las juzgará. Que están entre amigas. En cambio, ‘boys night’ suena a un grupete de chicos medios mariposones que no tienen mejor idea que pasar una noche juntos embriagándose –y no creo que terminen en la casa de uno de ellos con pijamitas, eh- y hablando del primer tema que se les ocurra. Por eso no existe un ‘boys night’.

En cambio, cuando hay una mujer alrededor, todo cambia. Los hombres toman otra postura, otra actitud. Es como si hubiera un filtro de personalidad. Como cuando el padre ingresa a la misa. Impone respeto, así de simple. Entonces empieza la melodiosa danza de frases, piropos y demás. Es casi como cuando hay un eclipse lunar o un arcoíris. Nadie quiere perdérselo. Así de embriagantes son. Quizás por eso uno disfruta tanto de la compañía del sexo opuesto.

Yo me suelo llevar muy bien con las mujeres, en especial –creo yo- porque soy sincero y no le pongo una careta estúpida con el único fin de impresionarla. Recuerdo que así es como fui haciéndome más ‘pata’ de la que sería mi mejor amiga –aunque creo que fue, porque ya no hablamos mucho-. Empezamos con bromas sin sentido y cosas no fuera de los parámetros establecidos como la familia, el cole o la universidad y que planes para el fin. Cuando salen de ese pequeño universo, se dan cuenta que las conversaciones pueden ser mucho más interesantes que solo eso. De hecho, yo siempre sentía a mi mejor amiga como la hermana que nunca tuve. Me cuidaba, a veces se ponía celosa pero –lo más importante- es que siempre me aconsejaba –aunque yo no siempre escuchara-.

Quizás ya estoy grandecito para el término de ‘mejor amiga’, pero es verdad, la extraño. Siempre te aguanta todas tus tonterías. Las recurrentes peleas con la enamorada, la discusión con los viejos, tus momentos más felices, y también los más tristes-como cuando muere tu abuelo-. Está en las buenas y en las malas, a toda hora –no tiene horario-, no te pide nada a cambio y sabes que siempre te va a ‘bancar’. Que eres tú mismo y no hay rollos, porque te conoce. Extraño estar en su casa y ver pelas toda la tarde –en lugar de salir a tonear a una discoteca-, jugar computadora o irnos a la playa toda una semana. Tengo un mejor amigo –y es increíble que seamos tan ‘patas’ y nos llevemos tan bien- pero no es lo mismo que la opinión de una mujer. Ella siempre lo ve desde su perspectiva de mujer y los consejos tienen otra connotación.

Hace poco le pedí un consejo a la que fue mi última mejor amiga y fue totalmente sincera. Gracias a ella evité cometer –quizás- una de las mayores estupideces de este año, pero me detuvo con su consejo. Después que lo hizo, me di cuenta que extraño tener una mejor amiga. Con la que puedes hacer todo y nada a la vez. La que siempre te arrancará una sonrisa inesperada, que pondrá el hombro para que llores sin que la hayas llamado. Porque te conoce, porque sabe que significa cada mueca tuya, cada actitud, cada reacción. Que sabe cuando hablar y cuando callar, que a veces un silencio es necesario, que los detalles valen más mil palabras y que un te quiero no son solo dos palabras que suenan bien, sino que tienen mucho significado.

lunes, 9 de marzo de 2009

Siempre estarás conmigo



Sabes que nunca quise empezar a escribir estas líneas porque no estaba preparado para pensar que ya no ibas a estar más conmigo. Porque no me hacía la idea de entrar a tu cuarto y encontrarlo vacío como está ahora. Para creer que cuando me levantara no iba a ver tus incesantes ‘ranas’ para después boxear un poquito en un juego muy particular entre los dos. No importa, si me despertaba un poco más tarde te veía siempre a la cabeza de la mesa para comandar el desayuno, que como me enseñaste en las últimas semanas que estuviste conmigo es importantísimo para estar bien durante el día.

A veces no me daba mucho tiempo antes de ir a trabajar pero nos veíamos en la noche. Te abrazaba y te sonreía para darte fuerzas. Esas fuerzas que se estaban yendo poco a poco. Sé que ya no querías salir en la silla de ruedas para que nadie viera que estás mal. Eres fuerte y odiarías que te vieran débiles. Te cargué abuelo. Sé que no te gustaba, pero ya no te podías levantar tan fácil. Te repetía que todo estaba en la cabeza, que pusieras un poco más de tu parte para así poder ir a almorzar al círculo. Para admirarte un tanto más con cada historia que me contabas, con cada anécdota de la familia. Pero ya estás descansando. Ya no te agitas por esa maldita enfermedad a los pulmones que te tumbó a la cama. Ya no te quejas, ya no toses, aunque no sabes cuantas ganas tengo de que lo hagas para estar contigo de nuevo. Para ponerte el oxígeno. Para que me aprietes fuerte la mano (como siempre lo hiciste), para que me felicites por mi último artículo aunque sepas que no está tan bien escrito. Porque eras mi hincha más acérrimo y sé que desde el cielo seguirás leyéndome.

Me dejaste muchas cosas, ¿sabes? El carro siempre lo usaré. La tarjeta de propiedad está a tu nombre y nunca lo cambiaré. Así quedará. No importa que todos los otros carros pasen corriendo a mi lado o que el hillman a veces me haga renegar por algún desperfecto. Lo arreglaré con acuciosidad. Es tu ‘tanque’, comandante. Te llevé varias veces, ¿te acuerdas? Ibas a mi lado, por eso siempre serás mi copiloto y me guiarás por una ruta segura.

Sabes que no me puedo concentrar bien en el trabajo. Que no estoy tranquilo, que te extraño mucho. Discúlpame por no haber podido despedirme con palabras. Por no saber que lo último que te escucharía con tu particular tono de voz es que te gustó mi comentario del partido de la ‘U’ con el Áncash. Ganamos, yo sé. Celebraste porque viste el partido. Me leíste un par de días después y me miraste con tus ojos celestes para contarme. Siempre estuviste orgulloso de mí, y trataste de corregirme cuando cometía un error. Cuando tenía 13 años, fuiste el primero que me habló de condones. Je! Tú eres el que sabía más, pues. Ese día me cuadraste por haber estado en mi cuarto con mi primera enamorada. No te preocupes, todavía no pasaba nada. Pero gracias por los consejos.

Me decías que estudie siempre cuando me escabullía en tu cuarto. Me bañaste desde el día que nací. Cuando era un escuálido (aunque ahora tenga solo unos cuantos kilos más). Me escribías cartas desde Cajamarca preguntándome como estaba, contándome como te iba y el cariño que me tenías. Siempre decías que yo era el ítalo-huanca (por la mezcla entre mi nombre italiano y las raíces huancaínas de mi papá), y lo seguiré siendo para ti. Angelo, angelito o angelorum. Y tú (con el respeto de los demás), mi abuelo preferido. En el 97 fuimos a Cajamarca para verte. Mi mamá no quería que fuera, que me quedara con ella en Trujillo pero yo quería ver al Papa Alfonso. Lo quería ver siempre. Estuvimos en el cuarto del rescate, en las ventanillas de Otuzco (donde dejé un ‘regalito’) y sabías más que los guías. Los dejabas en ridículo. Con razón terminas el imposible crucigrama del Comercio. El 2006 me hiciste conocer tu casa en San Marcos. Es increíble, lo sé. Tus ovejas, tus gallinitas. Después nos metimos un tonazo por el cumpleaños de tu hermano donde te metiste un ‘dancing’ tan bravo que todas las flacas te querían sacar a bailar. Bromeaste con un señor que ya estaba dormido (je!) y comimos como un Zevallos (osea una bestialidad).

Siempre querías hablar conmigo cuando llamabas a la casa, hablar sobre la ‘U’ (creo que eres el culpable de que sea hincha), mi análisis del partido a pesar de que tú sabías más que yo. O salir a rústica con mi ahijado para que te ‘jilees’ a Mónica y la invites a Cajamarca. Todo un ídolo. Con el corazoncito y la flechita en la boleta de pago. Las flacas te perseguían. Eres un pillín, pues. Por eso los nietos somos así. Para tus 87, bailaste un tango impresionante con la amiga de mi madrina y después un poco de reggaetón, como para estar a la moda.

Me enseñaste que lo primero es la familia y después viene lo demás. Mi mamá te extraña también. Era tu engreída. Por eso, cuando faltaba poco para que nos dejes, la llamabas. “Mechita…Mechita”. Mi hermano te habló esa noche y creo que lo hizo por los dos. Yo estaba seguro que saldrías. “”Sabes que te queremos llevar a la casa. Si tienes fuerzas, nos vamos. Pero si ya estás cansado…mejor descansa”. Y le dijiste ya para después apretarle la mano fuerte. Cuando Fátima te dijo que iban a salir le dijiste que no con la cabeza y soltaste algunas lágrimas de hombre.

Me dicen que te despediste de todos. David cuenta que pasaste por su cuarto a eso de las 4 de la mañana. A mi me despertaste muy temprano. Eran casi las 7 y media de la mañana y dando vueltas en la cama escuchaba hablar sobre cementerios (conversación que en la noche sería desmentida por mi mamá y al parecer creada por mi imaginación). Seguía entrecerrando los ojos pero no podía conciliar el sueño. Abuelo, ¿por qué el apuro de despedirte si nadie quería que te vayas? Mucho menos yo. Llamaron a mi casa y esperaba que fuera una de esas estúpidas llamadas mañaneras donde preguntaban por Alas Peruanas pero cuando escuché a mi mamá estallar en llanto me di cuenta que no era para eso. Salté de la cama y corrí a abrazar a la gorda. Ya nos habías dejado. Aunque sea corporalmente. La tarde anterior te vi de lejos nomás. No me dejaron acercarme en cuidados intensivos. Estabas tranquilo, respirabas con el oxígeno y te vi descansando. No sabía que era la última vez que te iba a ver con vida. En un rato te iban a pasar a piso e iba a volver para verte de nuevo.

7:52 am. de la mañana siguiente, inhalaste por última vez un poco de oxígeno para ir a acompañar a la Mamange. 25 años después, la pareja estaba junta en el cielo. Sí, sé que extrañas a mi abuela. No la conocí, pero veo a mi mamá y es casi un calco. No quise llorar mucho para que la gorda esté tranquila. Ahora que te escribo, dos días después, no me pidas que no lo haga. Ya no puedo contenerme más.

Fuimos a hacer los papeles y poner un edicto en el periódico. En la noche estuvimos en el velatorio y me di cuenta de toda la gente que te quería. De lo unida que es la familia y del gran recuerdo que guardaban de ti. Sabes que nunca me gustó el café. Que es el trago más amargo que conozco (aunque a ti te encantara el café pasado). Y odiaba la combinación que hacía con las galletas. Nos quedamos hasta muy tarde. Yo estaba ido, tratando de sacar fuerzas de flaqueza. Cuando volvía a casa manejando me quebré.

Me quedé un rato frente a tu féretro. Me estás mirando, yo sé. Ya no me puedes apretar con fuerza la mano y tienes un par de algodones en la nariz. Vamos abuelo, sácatelos. Con la misma fuerza militar que lo hacías cuando te aburría el oxígeno. Tose, por favor para poder alcanzarte papel. Pídeme un vaso de agua para ir corriendo por él. No jodas Papa Alfonso, párate de nuevo y pídeme que te lleve a la casa. Estás elegante, yo sé. Con el mismo uniforme de gala con el que llevaste a mi mamá al altar. Así querías irte pero no lo hagas todavía. Quédate un rato más. Vamos a comer algo rico y volvemos, ¿si? O vamos a la casa de Magdalena para izar la bandera como todos los julios. Hay cosas que no voy a olvidar.

Sí, sé que estás en mi corazón y que guiarás cada paso que voy a dar pero eso no me basta. Por eso habrá otro Alfonso. Mi hijo llevará tu nombre (no sé si el primero o el segundo pero lo hará), te lo prometo. Y estoy seguro que estará orgulloso de llevar el nombre de su bisabuelo. También te prometo que nunca más prenderé un cigarro, a pesar que nunca te vi con uno en la mano. Y los 27 de octubre tomaré dos cervezas (malta polar que te pone como un oso. Así las preferías), una frente a la otra hasta que te la termines conmigo por tu cumpleaños. Y dos días después, en el mío, estaré atento para cuando me llames. Hablaré contigo todo el día si quieres. Y te pondré el himno que tanto te gusta, o te enseñaré de nuevo como utilizar tu cámara fotográfica. Está bien, el dvd también.

Llevé tu quepi y tu espada con orgullo por encargo de mis tíos. Me puse los lentes porque no quería que vieran caer mis lágrimas mientras caminaba a la carroza. Cuando llegamos al cementerio, te cargamos entre los seis nietos varones presentes. Le escondiste el discurso a mi hermano en una de tus jugadas. Yo sé, querías que le saliera simplemente del corazón. Yo también, por eso no lo ayudé a buscarlo sino le alcancé un poco de papel higiénico. En cambio, yo quiero hablar contigo siempre a solas. Que nadie sepa nuestros secretos. Que me aconsejes, que me des fuerzas…que te sientas orgulloso de mí desde el cielo. No te querías ir, yo sé. Por eso cuando poco a poco te bajaban empezaron a caer gotas de lluvia que se asemejaban mucho a las lágrimas que me salen ahora. Y que te salían a ti. Te prometo que si no estás triste, nosotros tampoco lo estaremos. Ahora descansa tranquilo. Aún pienso que a la mañana siguiente te voy a ver pero no importa. Irás conmigo a todos lados en mi corazón. Gracias por todo lo que me enseñaste.

Te quiero, abuelo. No te lo dije muchas veces, pero no era necesario. Tú lo sabías de memoria. Siempre estarás conmigo.

sábado, 21 de febrero de 2009

Me gustaría...


Me gusta cuando me llamas. Cuando puedo oír tu voz aunque estés un poco ronca. También cuando la alzas porque no escucho o hablas bajito porque estás en el trabajo y tus palabras parecen salir con ternura. Me gusta la forma en que pronuncias mi nombre, cuando ríes y cambias la verdad. Cuando te arreglas el pelo y sonríes sin cesar. Me gusta que te sepas las letras de las canciones que te dediqué aquella noche tan especial. Me gusta que te brillen los ojos cuando tu mirada está postrada en mí y mis escuálidos 70 kilogramos que parecen no pesar.

Disfruto el lipstick sabor a fresa que te pones de tanto en tanto. Y me dejas (un poco más) estúpido y boquiabierto cuando te veo con tu encajado bikini rosado (aunque mejor te veas sin él). Me gustan tus curvas y la sombra que se dibuja cuando estás frente al mar. No me importa que te miren porque sé que tus besos están hechos solo para mí. Que nuestros labios tiene un pacto inmortal imposible de quebrar. Me gusta el perfume que embriaga mi olfato cada vez que estoy contigo. Me gustan tus rulos imperfectos y tu forma de peinar. Me encanta cuando dices que soy tu chico ideal a pesar que conoces a la perfección cada uno de mis defectos.

Duermo con los peluches que me regalaste aunque digan que soy medio homosexual. En las noches, antes de que se cierren mis ojos, agradezco que un ángel al que le robaron las alas haya tenido un aterrizaje forzoso a mi lado y yo lo haya tenido que amortiguar. Me gusta que te cojas de mi mano buscando seguridad. Y que te acurruques en mi pecho cuando sientas que te estás a punto de resfriar. Me gusta extrañarte porque así, día a día, siento que te quiero un poco más. Y que la aceleración de mi corazón no es puro verso sino una gran verdad.

Adoro que sepas lo que me gusta y lo que me cae mal. Que me abraces y no me quieras soltar más. Me gusta tu perfeccionismo a la hora de cocinar y la forma tan linda que tienes de renegar. Me gustaría que sepas bailar para así no tener que practicar (aunque igual tiendas a contagiar). Pero sabes ¿qué es lo que más me gustaría? Que no existieras solo en mi imaginación y fueras mi sueño hecho realidad.

miércoles, 4 de febrero de 2009

No es tan fácil

La persona es una animal de necesidad. Necesidades que cambian constantemente con el correr del tiempo, de los intereses y de accidentes de la vida que te marcan. Terminar una relación de largo tiempo es como sentir que has salido de una larga operación quirúrgica donde te extrajeron una parte del corazón y la herida aún está abierta. Tomará tiempo que llegue a sanar pero lo hará. Con tiempo y con paciencia. Por el momento es normal que no quieras saber nada del sexo opuesto. Por lo menos no en un sentido serio. Ir al cine, salir a comer, quizás hasta agarrar o que pase algo más que son cosas que pasan cuando están en ‘saliditas’. Total, no es nada oficial. No hay quien te controle. No hay persona a la cual darle explicaciones. Eres libre como el viento y el rumbo lo decides tú. Pero sabes que no es así. Que intentas esconder esa tristeza que llevas dentro después del ‘break up’.

Los primeros días son simplemente una mierda. La herida está al rojo vivo, lees sus mensajes antiguos (incluso te los sabes de memoria), escuchan canciones que te hacen recodarla (o), ves las fotos que se tomaron juntos, los peluches que aún guardas y las cartas amorosas que escribía cuando todo era color de rosa. A veces hasta los sentidos te juegan una mala pasada. Sientes el olor de su perfume y por ratos parece que escucharas la dulce voz cuando te llamaba. El fantasma aún no desaparece. Está ahí. Atrás, persiguiéndote. Esperando que lo superes, que lo borres por completo. Esperando que en algún tiempo te animes a encontrar a alguien de nuevo que no sea una simple ‘salidita’. Que sea especial.

Pero vamos, no nos engañemos. Cuando terminas, lo último que esperas es tener una nueva relación. “Ni cagando. Voy a estar solo un par de años”, me repetía un filósofo amigo que vive cerca a mi casa. Y le doy toda la razón. Después de tanta carga sentimental, de tantos recuerdos que serán eternos, de tantos te quiero que escuchaste y de tanta frase melosa uno se hastía. Se cansa y no quiere escucharlo más. Por eso el ‘viving la vida loca’ se vuelve rutinario y entiendo decisiones que antes parecían jalada de los pelos. Estaba en el carro con un pata y escuchaba atentamente como hacía planes con una chica para ir al cine.

“Si. Vamos en la noche y después fácil a tomar algo”, decía él en su tono gilerazo.

“Ya. Bravazo. Y después me vienes a dejar a mi casa,no?”, le preguntaba ella con su voz sexy.

Cuando de pronto un señor se apareció de la nada a la ventana del carro con una bolsa negra de dudosa procedencia para interrumpir la conversación. Le ofreció dos parlantes Pioneer que le darían más bulla al auto y mi amigo (que estaba como loco por conseguirlos) se emocionó, no lo dudo ni un segundo y le dio casi todo lo que tenía de efectivo (que era para salir con la chica de la voz sexy más tarde). Al verlo todo campante con los dos parlantazos en las manos era obvio que ya no saldría con ella. “Bro, unos parlantes me van a sonar por un buen tiempo. En cambio la flaca no. La ‘bulla’ es una buena inversión. Además, no jode como ella. Jee!”, señaló sabiamente. Ahí entendí que los intereses cambian. Lo que antes era prioridad pasaba a segundo plano. Ahora antes que salir con alguien estaba comprarse unos parlantes, quizás un polo o un jean. Quién sabe. La escala de importancia había cambiado drásticamente y probablemente sea así por un tiempo. Y lo entiendo. Yo también lo hice. Luego de un paso de salidas por todas las discotecas, de embriagarme hasta no recordar que había hecho o con quien terminaba varado en algún ósculo incoherente decidí que lo mejor era darme tiempo para mí mismo y mis gustitos. Como mi amigo.

Me llamaban para salir. “Vamos a ver una pela…o a comer alguito”, me decían de vez en cuando. Y otras: “Oye, vamos a tonear. Hace tiempo no te veo”. Bien por ti, repetía en mi cabeza. Mi lista de prioridades también había cambiado. En lugar de salir al cine prefería estar en el estadio viendo los partidos. En lugar de ver a alguien prefería avanzar las notas que tenía que hacer. Son épocas que demuestran que olvidar no es tan fácil.

lunes, 5 de enero de 2009

Un te quiero inesperado


Año nuevo, vida nueva dicta el dicho y yo no quería refutarlo. El año era casi virgen, tenía solo dos horas de iniciado y yo ya quería hacer las cosas diferentes. Los 365 días anteriores habían sido buenos en lo profesional. Empecé a trabajar en un importante periódico donde hasta ahora no me queda más que agradecer por todo lo aprendido. Estuve bien de salud (como el programa de Pérez Alvela) casi siempre pero faltó algo que me parece básico.

Que afecta tu estado de ánimo y las ganas de querer hacer las cosas. Que a veces funciona de motor y muchas veces de inspiración (por lo menos para mí si). La mayor parte del año estuve solo por decisión propia y alejé a muchas chicas extraordinarias que merecían un chico con mucho menos conflictos que yo para que me dejen con a solas con mi soledad. Sentí que era un año sabático para el amor y que era mejor concentrarme en otras cosas. Pero en las últimas horas del año que se fue recordé amistades que encontré el 2008 y chicas por las que en algún momento me llegue a ilusionar pero con las que nunca tuve las agallas para decirles lo que en realidad sentía.

Necesitaba botar esos miedos estúpidos y dejar de silenciarme. Estaba en el malecón de Punta Hermosa (que en algún momento de la madrugada pensé que así sería Sodoma y Gomorra por todo el alcohol y lujuria que había) mareado por la mezcla de whisky, cerveza y vodka y dando tumbos le pedí el nextel a un amigo. Quería llamarla. No solo para desearle que le vaya excelente este año sino también para decirle que conocerla fue una de las mejores cosas que me pasó en el año. La niña (así le digo) me contestó después de un par de alertas fallidas. “Niña, feliz año!”, gritaba como loco mientras caminaba con Paulo entre las pedregosas calles camino a la carretera.

Después de su idéntica y ensordecedora respuesta y saber su exacta ubicación a través de mi GPS virtual (mentira. Le pregunté en que parte del mundo estaba.je!) le dije que valoraba mucho su amistad y que fue una de las mejores cosas del año que se había ido. Ella se sorprendió con mis palabras. “Sabes que estás hablando conmigo,no?”, me dijo para responderle que todo era un cruel efecto del alcohol, por ello la sinceridad extrema le repetía. Nos despedimos radialmente y seguí mi rumbo con el whisky bajo el brazo pero aún tenía algo atragantado.

Dos palabras que son dificilísimas que salgan de mi boca clamaban por ser dichas. Le arrebaté el nextel nuevamente a mi amigo y la llamé. No se escuchaba nada. Ya había entrado a la discoteca y había una bulla infernal. Solo escuchaba en segundo plano música electrónica hasta que se alejó un poco y nos pudimos comunicar. No le dije ni hola ni nada. “Te quiero mucho”, gritaba altísimo para que me puede escuchar. Era la primera vez que se lo decía y mientras pensaba en mi borrachera que mejor hubiera sido decírselo mirándola a los ojos escuche el ‘pri pri’ del nextel. “Yo también”, gritaba la niña. Una sonrisa se dibujó sin permiso y la noche tomó un poco más de brillo.

Mejor que comerme doce uvas, ponerme lentejas en los bolsillos para tener dinero o salir corriendo con una maleta, decidí empezar el año en la playa, con arena hasta los codos, pero de la mejor forma: siendo sincero. Un te quiero inesperado que no pidió permiso para salir y aunque ella estaba a kilómetros de distancia, en algún momento la sentí a mi lado.

domingo, 4 de enero de 2009

Dudas que matan


En una relación pasa de todo. Cosas buenas, increíbles, malas y horribles que juntas hacen un surtido que muchas veces suele terminar con un sabor amargo y que termina haciéndole daño a uno mismo. La relación perfecta no existe. El cuento de hadas es solo un escrito fantasioso. La calabaza nunca se convertirá en una imponente carroza por arte de magia ni por recoger un mugriento zapato signifique que la olvidadiza llegue a ser el amor de tu vida y tú el príncipe azul.

Algunas veces veo parejas que cuando uno ve de lejos parecen muy felices. Donde siempre hay sonrisas y nunca peleas. Que se hablan amorosamente y pareciera que estuvieran en una burbuja donde solo existen los dos. Extasiados por el amor hasta los tuétanos. Lindo, sí, pero no creíble. Solo veo eso en las fingidísimas novelas mexicanas. Esa careta acaba cuando las acuciosas miradas de un tercero dejan de posarse sobre ellos y la realidad golpea como un fuerte martillazo. Algo así como cuando dejan de grabar en una escena de amor. Los actores se pueden odiar pero frente a la cámara tiene que fingir, actuar. Y eso también lo hacen las personas. Luego, cuando en la grabación de la vida real gritan CORTE! las palabras cariñosas dejan de existir, las sonrisas se cambian por el ceño fruncido y las peleas se dan con tal frecuencia que uno no sabe cuando están bien y cuando están peleados. Ya hasta parece lo mismo.

En algún momento uno es feliz. Eso no lo dudo. Hasta demasiado a veces diría yo pero nada dura para siempre. Los problemas empiezan, y eso normal. Lo importante es saber como enfrentarlos. Como parar una simple bolita de nieve antes que se convierta en una avalancha que se llevara todo a su paso. La falta de confianza empieza como una bolita de nieve. Te llaman todo el día. Bah, eso es normal dirán. Luego te piden el celular para revisar las últimas llamadas. No importa, no tengo nada que ocultarle. La bolita de nieve va cogiendo fuerza. Después te piden la clave de tu Messenger. Ya empiezas a pensar que hay algo mal. Y lo peor, es que desconfíen tanto que te pidan que hables en altavoz por nextel con una amiga (que en verdad es amiga) que está borracha en la playa y que te dice: escuchas el mar? o veo muchas estrellas. Ahí, en ese preciso instante, la avalancha se llevó tu relación.

Claro que esa paranoia no es gratis. Algo debió hacer para que desconfíe. Quizás besó a otra persona, quizás a ella le llegan rumores o de repente leyó una conversación ‘hot’ de su novio con alguna niña libidinosa. No importa cual fuera el motivo, el punto es que ella ya no confía en él y esas son dudas que matan y que pueden asesinar una relación. Uno de los buques insignia de toda relación ya se perdió. Así haya cariño, amor sin confianza todo se va a la mierda. Y yo lo sé, porque (hace mucho) le saqué la vuelta a mi enamorada. No me sentí orgulloso ni inflé el pecho por ser pendejo como muchos, más bien me embargó un sentimiento de culpa y vergüenza por lo que hice, tanto así que le pedí que por favor terminara conmigo después de contarla tal estupidez realizada.



Ella en un acto descabellado, jalado de los pelos y un poquito irreal, me perdonó. Dentro de su insanidad yo pensé que seguir era una oportunidad de rectificar lo que hice y tener esa segunda oportunidad que tanto quería. Me pareció el acto más sincero y una de las mejores cosas que hicieron por mí hasta que la cruda realidad chocó conmigo. Era una trampa, una vil patraña. Su perdón fue más falso que billete de cinco soles. Lo único que quería (y por lo que ella clamaba) era venganza. Probablemente se la cobró y yo me lo merecía. Me engatusó y yo caí. Me enamoré de ella para que al final me bote como trapo usado. Seis meses después me contó la verdad. “Yo te perdoné de verdad pero no podía olvidar lo que hiciste así que decidí cobrármela. Quería que vivieras todo lo mal que me sentí. Yo ya no confiaba en ti”.

Por eso, un consejo para los ilusos que piensan que las segundas oportunidades existen. Si la cagaste, no traten de arreglarla ni crean que tendrán otra chance para hacer las cosas bien. Las mujeres perdonan, pero no olvidan. Siempre te echarán en cara lo que hiciste. Siempre. Mi ex quiso volver conmigo (y vi la sinceridad en sus ojos) pero seguramente nunca iba a confiar de nuevo por lo que creí mejor dejar las cosas así. Que me odie y que yo a lo lejos la siga teniendo presente. Esa vez safé cuerpo antes que la avalancha me tumbara de nuevo.